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Mis recuerdos se anclan en el momento en que mi padre se bajó del carro y lloró cuando mi mamá se acercó a saludarlo. El venía de permanecer hospitalizado dos días y su mente retenía sentimientos de tristeza y de malos augurios. Veo sus ojos y son los de un pájaro acorralado, que se siente indefenso ante algo que desconoce, como quien es asaltado por un enemigo que no puede ver.
El está estable, han cesado las calenturas fuertes y paulatinamente se reintegra a su mundo, una casa, sus perras, el jardín y todas las pequeñas cosas que hacen la diferencia entre la salud y la enfermedad.